La biodiversidad está en crisis: qué perdería la humanidad si desaparecen las especies del planeta
Desde los microorganismos que habitan el intestino humano hasta las ballenas que recorren los océanos, la biodiversidad comprende todas las formas de vida de la Tierra y las relaciones que mantienen entre sí. Aunque muchas veces pasa inadvertida, es indispensable para la supervivencia humana: los ecosistemas contribuyen a regular el clima, purificar el agua, conservar los suelos, producir alimentos y proporcionar sustancias utilizadas en medicamentos.
El problema es que esta red natural se encuentra bajo una presión creciente debido a actividades humanas como la agricultura intensiva, la quema de combustibles fósiles, la deforestación y la contaminación. La pérdida de especies no solo modifica los paisajes o reduce la presencia de animales y plantas; también debilita los procesos naturales de los que dependen las sociedades.
De acuerdo con el informe Planeta Vivo del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés), las poblaciones monitoreadas de vertebrados silvestres disminuyeron, en promedio, 73 por ciento entre 1970 y 2022. En los ecosistemas de agua dulce, el descenso alcanzó 85 por ciento. Se trata de una reducción de la abundancia de las poblaciones estudiadas, no de la desaparición del mismo porcentaje de especies, pero sus dimensiones reflejan la magnitud de la crisis.
A este panorama se suma la estimación científica de que alrededor de un millón de especies están amenazadas de extinción. La preocupación internacional se centra en cómo frenar esta tendencia antes de que los daños sean irreversibles y comprometan el funcionamiento de los ecosistemas.
La biodiversidad también sostiene la alimentación y la salud
La pérdida de naturaleza tiene consecuencias directas en la vida cotidiana. Uno de los ejemplos más claros es la producción de alimentos, que depende de suelos fértiles, agua disponible, ciclos de nutrientes y organismos que ayudan a mantener los cultivos.
Más de 75 por ciento de los principales tipos de cultivos alimentarios del mundo dependen, al menos parcialmente, de la polinización realizada por animales como abejas, mariposas, aves y murciélagos. Si estas especies disminuyen, algunos cultivos pueden producir menos frutos o semillas, lo que afecta tanto la disponibilidad como la diversidad de los alimentos.
La degradación de los ecosistemas también vuelve más vulnerables las cosechas ante sequías, inundaciones, plagas y otros fenómenos extremos asociados con el cambio climático. Cuando los sistemas naturales pierden capacidad para recuperarse de las perturbaciones, las consecuencias pueden extenderse a los precios, las cadenas de suministro y la seguridad alimentaria de países que dependen de productos importados.
Los humedales ofrecen otro ejemplo de los servicios que presta la naturaleza. Entre 1700 y 2000 desapareció aproximadamente 85 por ciento de estos ecosistemas a escala mundial. Además de albergar una gran variedad de especies, los humedales retienen sedimentos, contribuyen a filtrar contaminantes, almacenan agua y ayudan a reducir el impacto de ciertas inundaciones. Su deterioro puede empeorar la calidad del agua y aumentar los costos de tratamiento.
La biodiversidad también constituye una fuente de conocimientos y recursos médicos. La penicilina, descubierta a partir de un hongo, revolucionó el tratamiento de las infecciones bacterianas y ha contribuido a salvar millones de vidas. Asimismo, la Organización Mundial de la Salud ha señalado que una proporción importante de los medicamentos utilizados contra el cáncer procede de productos naturales o de compuestos sintéticos inspirados en ellos.
Por ello, la desaparición de especies representa también una pérdida de oportunidades científicas. Organismos que todavía no han sido estudiados podrían contener sustancias útiles para desarrollar nuevos tratamientos. Cuando una especie se extingue, ese potencial puede desaparecer antes de que la ciencia llegue a conocerlo.
Cuando desaparece una especie, el efecto puede extenderse a todo el ecosistema
No todas las especies desempeñan la misma función. Algunas tienen una influencia especialmente importante en el equilibrio de su entorno, por lo que su disminución puede desencadenar una cadena de consecuencias conocida como efecto en cascada.
Las ostras son un ejemplo. Estos moluscos forman arrecifes que sirven de refugio para otras especies y contribuyen a proteger las costas frente al oleaje. Además, filtran el agua mientras se alimentan de partículas suspendidas. Una ostra adulta puede filtrar hasta 190 litros de agua al día, aunque la cantidad varía según las condiciones ambientales y el organismo.
La reducción de las poblaciones silvestres de ostras y la pérdida de alrededor de 85 por ciento de sus arrecifes a escala mundial han debilitado funciones ecológicas importantes. Cuando desaparecen estos hábitats, también pueden disminuir las poblaciones de otras especies que dependen de ellos, al tiempo que las comunidades costeras pierden parte de la protección natural que ofrecen.
La relación entre biodiversidad y salud humana es igualmente compleja. Algunas investigaciones han asociado los cambios en las comunidades de depredadores con variaciones en la presencia de animales que transportan garrapatas, vectores de la enfermedad de Lyme. Sin embargo, la transmisión de esta infección depende de múltiples factores, entre ellos la abundancia de hospedadores, las condiciones ambientales y el comportamiento humano. Por eso, la desaparición de una especie no produce siempre el mismo resultado, pero sí puede alterar las relaciones ecológicas que influyen en la propagación de enfermedades.
La deforestación agrava estos riesgos. Los bosques albergan una parte considerable de las especies terrestres y proporcionan alimento, refugio y espacios de reproducción. Cuando se destruyen o fragmentan, muchas poblaciones pierden las condiciones necesarias para sobrevivir. Al mismo tiempo, se reduce la capacidad de los ecosistemas para almacenar carbono, regular el agua y amortiguar los efectos de las temperaturas extremas.
¿Estamos ante la sexta extinción masiva?
A lo largo de la historia de la Tierra ocurrieron cinco grandes extinciones masivas, episodios en los que desapareció una proporción extraordinaria de las especies en periodos geológicos relativamente breves. Entre las causas de estas crisis antiguas figuran fenómenos como el vulcanismo a gran escala, los cambios climáticos extremos y el impacto de un asteroide.
En la actualidad, numerosos científicos advierten que el planeta podría estar atravesando una sexta extinción masiva. La diferencia fundamental es que la crisis contemporánea está impulsada principalmente por las actividades humanas, que transforman los hábitats, explotan especies, introducen organismos invasores, contaminan y alteran el clima.
La velocidad y la extensión de estos cambios generan preocupación porque las especies no siempre pueden adaptarse o desplazarse con la rapidez necesaria. Además, las amenazas suelen actuar de manera simultánea: un bosque fragmentado por la actividad humana, por ejemplo, puede volverse más vulnerable a los incendios y a los cambios en las lluvias.
La pérdida de biodiversidad y el cambio climático también se refuerzan mutuamente. La destrucción de bosques y otros ecosistemas libera carbono almacenado y reduce la capacidad natural para absorberlo, mientras que el calentamiento global modifica las condiciones de supervivencia de plantas y animales. Por ello, proteger la naturaleza también puede contribuir a enfrentar la crisis climática.
La recuperación de especies demuestra que el daño no siempre es irreversible
Aunque los indicadores mundiales reflejan un deterioro importante, existen ejemplos que muestran que las acciones de conservación pueden producir resultados positivos cuando se mantienen durante suficiente tiempo.
Las tortugas verdes han logrado recuperarse en algunas regiones gracias a medidas como la protección de sus playas de anidación, la reducción de las capturas accidentales en las pesquerías y el seguimiento de sus poblaciones. Estos avances demuestran la importancia de atender las amenazas concretas que enfrenta cada especie, aunque su situación continúa siendo distinta según la región.
Otro caso es el de las nutrias marinas de la costa del Pacífico norteamericano. Durante el siglo XIX fueron cazadas intensamente por su piel y sus poblaciones quedaron reducidas a niveles críticos. La prohibición de la caza comercial y las medidas de protección permitieron su recuperación en distintas zonas.
Su regreso también benefició a los bosques submarinos de algas. En ausencia de las nutrias, los erizos de mar, de los que se alimentan, pueden aumentar y consumir grandes cantidades de algas, deteriorando estos hábitats. Al recuperar su función como depredadoras, las nutrias ayudan a mantener el equilibrio de la cadena alimentaria y favorecen la regeneración de ecosistemas que proporcionan refugio a numerosas especies, amortiguan el oleaje y almacenan carbono.
Estos ejemplos revelan que la conservación no consiste únicamente en evitar que desaparezcan animales emblemáticos. También implica recuperar las relaciones ecológicas que permiten que un ecosistema funcione.
El desafío es llevar las soluciones a una escala mundial
La protección de la biodiversidad requiere medidas coordinadas para conservar y restaurar hábitats, reducir la contaminación, transformar las prácticas agrícolas y pesqueras, frenar la deforestación y limitar las emisiones que impulsan el calentamiento global. También exige que los gobiernos cumplan sus compromisos y que las decisiones económicas consideren los costos ambientales de destruir la naturaleza.
En ese contexto, la COP17 de biodiversidad de la Organización de las Naciones Unidas reúne a representantes de cerca de 200 países en Ereván, Armenia, para discutir cómo acelerar las acciones destinadas a detener y revertir la pérdida de naturaleza de aquí a 2030. El reto es convertir los compromisos internacionales en resultados medibles sobre el terreno.
La situación es urgente, pero no implica que todo esté perdido. Las recuperaciones de tortugas verdes y nutrias marinas muestran que las poblaciones pueden responder cuando se eliminan o reducen las amenazas que las llevaron al declive. La dificultad consiste en ampliar estas experiencias y mantenerlas durante el tiempo necesario para que los beneficios se reflejen en los indicadores mundiales.
La biodiversidad puede parecer un concepto abstracto, pero sus efectos están presentes en el agua que bebemos, los alimentos que consumimos, los medicamentos que utilizamos y la estabilidad de los ecosistemas que habitamos. Protegerla no es solamente una tarea para conservar animales y plantas: es una condición para sostener el bienestar humano y las posibilidades de las generaciones futuras.

