Domingo de lluvia en Santa María la Ribera: la familia se mete a la casona
Este 23 de agosto de 2026 la Santa María la Ribera amaneció con el cielo cerrado y las banquetas convertidas en espejos. El Kiosco Morisco —ese de azulejos rojos, blancos y azules, con el águila arriba y la bandera ondeando— se ve más solo de lo habitual. Las casonas porfirianas gotean por los balcones de herrería y el olor a tierra mojada se mezcla con el de siempre: gasolina, café de olla de alguna fonda cercana y esa humedad que se te mete en los zapatos desde el primer charco. El Servicio Meteorológico Nacional ya lo había cantado desde las seis de la mañana: cielo medio nublado, ambiente fresco, bancos de niebla en zonas altas y chubascos que se van a poner más pesados por la tarde, con actividad eléctrica y posible granizo.
Temperatura mínima de 13 a 15 grados, máxima de 22 a 24. Típico agosto chilango. Quien quiera salir a comer con la familia no va a un puesto de tacos en la esquina ni a una terraza descubierta. Busca techo de verdad y una mesa que no se mueva cuando el agua empiece a caer con más ganas.
La colonia es de las más viejas de la ciudad. Calles arboladas, casas de finales del XIX que todavía conservan su traza original y un parque que sirve de sala de estar al aire libre los días buenos. Hoy el parque está casi vacío. La gente camina rápido, paraguas en alto, esquivando los encharcamientos que ya se forman en las esquinas. El tráfico se pone de malas apenas llueve un poco más fuerte: los coches avanzan a paso de tortuga y las motos se cuelan como pueden. En ese panorama, la decisión es simple. No se trata de inventar plan. Se trata de no llegar empapados y de que todos coman rico sin que nadie haga cara de “¿y esto qué es?”.

La calle Sabino 255 guarda una de las respuestas más coherentes. Casa Santa María es una casona del siglo XIX convertida en restaurante familiar. No es de pose ni de menú que asusta al que llega con niños. El espacio se siente de casa restaurada: techos altos, luz cálida, mesas que caben para cuatro, seis u ocho. El menú mezcla lo de toda la vida con lo que le gusta a casi cualquiera. Gorditas de chicharrón prensado y pulpo, caldo tlalpeño, crema de poblano, chilaquiles de cochinita, enchiladas, pizzas de masa madre al horno de piedra y hasta un corte si alguien anda de buen diente. Hay opciones que bajan el picor para los más chicos y platos que no decepcionan a los adultos. Abren domingo desde las 9 o 10 de la mañana hasta las 8 de la noche. Conviene reservar porque cuando llueve la gente también busca refugio.
El teléfono que circula es 56 3000 1467. El precio anda en un rango accesible para una comida familiar de domingo: no es de lujo ni de fonda de mercado, pero tampoco te deja viendo el techo.
A dos calles, en Santa María la Ribera 138, está María Ciento38. Otra casona, esta vez con patio siciliano y recetas de la nonna Antonietta. Pastas hechas en casa, pizzas, antipasti, un menú que funciona si en la mesa hay paladares mixtos: el que quiere italiano casero y el que prefiere algo más ligero. El patio es bonito los días de sol, pero hoy con chubascos mejor pedir mesa adentro, en los salones. También abre domingo. Es un poco más “otro sabor” y un poco menos “de toda la vida mexicana”, pero el ambiente sigue siendo de casa antigua y la porción no se queda corta. Si la familia ya conoce Casa Santa María o simplemente quiere variar, este es el plan B que no te deja a medias.
En ambos casos evitas el encharcamiento de la calle, el tráfico que se pone de malas y la discusión de “¿y ahora dónde nos metemos?”. Uber o taxi corto, paraguas de verdad —no esos de dos pesos que se voltean al primer viento— y listo. La ciudad no cancela el domingo familiar por un aguacero. Nada más te obliga a elegir mejor el techo y a valorar lo que normalmente das por sentado: una mesa que no se mueve, un plato caliente y que nadie se queje de que se le mojó el suéter.
La lluvia lava la colonia y te recuerda lo obvio. El buen domingo no se mide por el sol ni por la foto perfecta del kiosco. Se mide por la mesa que resiste el agua y el techo que sí cubre. Hoy el Kiosco Morisco está ahí, con sus azulejos y su águila, viendo pasar a la gente con paraguas. La familia, en cambio, ya va camino a la casona.

